Me gustan los toros, pero más me gustan las personas
por Manuel Pascua Mejía el 31/01/2012 a las 11:01 horas
"El hombre se juega la vida y el toro sufre dolorosamente. Nadie puede negar eso"
Desde que nació como pelea entre el hombre y el animal hace 5.000 años
en la isla de Knossos, Grecia, la tauromaquia han vivido de la
dialéctica, del enfrentamiento, de la lucha: el hombre contra el hermoso
animal, el campo frente a la ciudad, el tendido de sol frente al de
sombra, la suavidad de la lidia frente al dolor de la sangre. La vida
frente a la muerte.
En tiempos de Alfonso VI (1047 -
1109), los toros ya eran tenidos en España por una manera valerosa de
entrenarse y demostrar la fortaleza de los contendientes y el propio Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, alanceó toros con gran destreza según los cronicones de la época. No obstante, la propia Reina Isabel la Católica, alma mater de la patria española, fue antitaurina toda su vida.
En
todos los pueblos y tiempos, el ser humano ha medido sus capacidades
frente a sus animales. Así, se conocen bien las peleas de los indios
precolombinos del Orinoco y los caimanes, con los que "danzan y engañan"
para darles muerte en una pelea llena de valor y peligro. Se han
toreado jabalíes, leones, licaones o perros salvajes y hasta gallos.
¿Cómo
permanecer impasible ante el toreo; cómo hacerlo cuando un hombre se
juega la vida ante un animal de proporciones descomunales al que va
minando su poder y restándole dolorosamente su fuerza para domesticarlo,
rendirlo y, finalmente, sacrificarlo?
Sí, es una lucha cruenta y
dolorosa, compleja en su ejecución y muy difícil de entender. Hay que
"saber de toros", ser un "aficionado" para poder comprender lo que pasa
en una plaza sin horrorizarse ni aburrirse porque las normas complejas y
la técnica casi inalcanzable equilibran la lucha. Claro que nada de
esto resta un ápice a la realidad: el hombre se juega la vida y el toro
sufre dolorosamente. Nadie puede negar eso.
Yo gusto de los
toros. Y sufro en cada corrida. Y los taurinos de verdad que conozco
sufren también en cada corrida porque todos sabemos del terrible dolor
del animal, de su lucha fiera por la supremacía frente a su antagonista
y, finalmente, de su muerte.
Quizás el problema deriva de
llamarlo Fiesta, no sé. Lo que sí sé es que muchas de las acusaciones
contra los toros, siendo verdad, están sesgadas. No les quito razón ni
pretendo convencerles de la mía: nunca pondré por delante de mi gusto
por los toros mi amor por los hombres. Sin embargo, veo que la
dialéctica cruenta de la tauromaquia es parte de la evolución humana y
creo que el vestigio fósil que encarna y representa, símbolo de la
historia y de la diacronía de los tiempos, merece ser conservado y
mantenido. Es solo una opinión.
También es una opinión que el bien
más preciado es la vida, cualquier vida, porque lo milagroso es lo que
hace que una piedra no esté viva y una ameba sí; es ese el misterio
inefable que no podemos explicar.
Y a pesar de ello, matamos
cucarachas a escobazos y envenenamos las ratas con productos que les
producen una terrible y dolorosísima muerte por desangramiento. El foie
gras se obtiene de ocas y gansos que viven amarrados, sin poder moverse
en todos los días que vivan y a los que se embute la comida con embudos
hasta atrofiarles el hígado que es lo que luego se consume como la
exquisitez que es.
El marisco se cocina echándolo vivo en agua
hirviendo, muerte cruel y dolorosa como pocas, y las ostras y almejas
nos las comemos vivas y hasta rociándolas primero con limón. La matanza
de las reses que nos alimentan o el transporte de los pollos y su
posterior despiece no son prácticas humanas menos cruentas y dolorosas y
qué decir de los pesticidas con que eliminamos insectos y parásitos de
los sembrados y cosechas que causan a los animales sufrimientos
desconocidos por la mayoría pero terriblemente injustos. La vida es lo
importante, no el tamaño del ser vivo.
En los toros hay
geometría, hay una belleza plástica y hay una antiquísima lucha que yo
creo que deberíamos preservar. Su origen no es cruel, al contrario, fue
una demostración de la evolución moderna de la humanidad: en lugar de
matarnos unos a otros establecimos una justa, una pelea contra un
animal, que permitió medir las valentías de los diestros, divertir a las
gentes humildes y alimentar a los pueblos sin enfrentar a muerte a los
contendientes.
Claro que hoy resulta cruel. Es una opinión,
respetable por supuesto, y no me enfrentaré a ningún humano por una
opinión distinta a la mía y, menos aún, por un espectáculo teatral
milenario que ha inspirado a artistas como Picasso o Hemingway.
Solo pediré que entre todos busquemos una fórmula que salve la
historia, la cultura y la liturgia de esta pelea que nos es
consustancial.